El sábado, enero 15, 2005 escribí esto:

Ilusión

Hoy creí encontrarte otra vez. Sin esperarte, sin buscarte. Sentí que mi sangre hervía en mis venas y golpeaba salvajemente al latirme el corazón. Mi estómago se llenó del peso de tu ausencia, de la falta de eso que tú me dabas aún cuando no te lo pedía. Saboreé de nuevo tu voz, bebí de tus ganas de superar los problemas, me nutrí con la risa que brotaba de tu boca esquivando la tristeza, la decepción.

No te esperaba, como dije. Y en medio de la tarde llegas hasta mí por el aire, suena mi teléfono y ahí estás, como si estuviesemos tomando uno de aquellos cafés uno frente al otro y charlando como tantas veces hicimos. Me hablas de tí, cuando siempre solías centrarte en mis problemas. Sueltas todo, con rabia, casi con ira. Te desahogas, compartes ese mal momento conmigo aunque estás a miles de kilómetros de aquí. Estás harta de todo. Harta de tu carcel sin barrotes, de tu trabajo, de la gente que tienes alrededor y una vez más te han fallado. Necesitas escapar.

16 minutos después seguía con el teléfono en la mano, pensativo. ¿Por qué sentía eso otra vez? Hace 3 semanas que la he visto, y no sentí nada entonces. ¿Por qué ahora sí?

En realidad no estoy seguro ni siquiera de lo que siento, pero tengo miedo de que tu recuerdo sea indeleble. En cuanto cortamos la conversación el peso de mi estómago se transformó en dolor, en vacío. No podía concentrarme en estudiar, estabas grabada a fuego en mi mente.

¿Es que nunca voy a poder librarme de tí? Es cierto que nunca sentí por nadie lo que por entonces me hiciste sentir, pero de eso hace ya el tiempo suficiente como para que una llamada me destroce. Y sin embargo...




Han pasado las horas, y empiezo a ver las cosas de distinto modo.
¿No podría ser que esa conversación fue como las que antes manteníamos? Sincera, urgente y necesaria. Me recordaste a la que antes eras, la que acudía a mí cada vez que necesitaba hablar, o un hombro sobre el que llorar. No como las que manteníamos últimamente, frías y distantes, enturbiadas por malentendidos provocados por la inexpresividad de un teléfono, deformadas por los cambios que ambos sufrimos, pero que no percibimos en nuestras cartas. Cuando nos llamábamos ya no nos reconocíamos.
Se acabó, pensé más de una vez. Nos hemos perdido el uno al otro.

Sí, eso tiene que ser. Fué como regresar a aquel verano en que nos acercamos un poco más, que nos conocimos mejor. El verano que te dije "ojalá te hubiese conocido tan bien antes", y tú contestaste "ojalá". El verano que apoyaste tu cabeza en mi estómago en la playa, con mi brazo accidentalmente bajo la curva de tu espalda desnuda entre las dos piezas del bikini.
Fue como volver al día que de repente te giraste y me abrazaste, y me diste un beso en la mejilla, y yo quería decirte que te quería.
Ese día faltaba poco para que le dejaras. Pero ya no ibas a estar aquí. Y yo tampoco. Porque cuando te fuiste me perdí. Se fué mi sol. Se fué mi luz. Mi luna y mis estrellas.
Te fuiste, dejando la noche a oscuras, volviendo el día frío y gris.


Ahora ya no te espero, ni quiero esperarte.
Ya no te quiero como antes, ni quiero volver a quererte así.
Ya no me quitas el sueño ni nublas mi mente, ni me robas el peso o la vida.
Ya no cambio mis lágrimas por soñarte, por imaginarte.
Y aún así, sigues en mí. Todavía me tiembla el pulso cuando veo tu nombre en la pantalla del teléfono, o cuando me llegan tus mails, o cuando tu caligrafía temblorosa asoma por la rendija de mi buzón.

Sé que estas cosas difícilmente cambiarán. Es una enfermedad que no tiene cura.
Se llama Amor.

Comments:
Al menos sé que uno de los dos puede decir que lo que siente es amor, yo cada vea dudo más que esa palabra algún día defina mis sentimientos.

Un abrazo.
 
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