El martes, noviembre 22, 2005 escribí esto:

Érase una vez que se era...

En un remoto lugar, lejos de toda civilización, hay un pequeño país, desconocido de casi todo el mundo.

En ese pequeño país viven todo tipo de personas: un niño que aún cree que puede cambiar el mundo, un viejo que se siente demasiado mayor para permitirse el lujo de pensar que merece la pena luchar por algo, un romántico sin remedio que siempre se enamora de quien no debe, un artista que recorre el mundo buscando su obra maestra, un asesino frío y sin sentimientos, un vago que se pasa el día tirado al sol dormitando, niños que inundan todo con sus risas, chicas hermosas tanto a la vista como al corazón, viudos que buscan en el reflejo de un lago la sombra de su amada perdida, un poeta frustrado que busca cómo ganarse el pan que llevar a la boca, integrantes de bandas callejeras que te clavan sus frías miradas cuando te cruzas con ellos, un pobre loco con ataques depresivos y algo paranoico, un amante dispuesto a trepar a la ventana de su enamorada en el mismo momento en que ella le deje, un cantautor que lanza canciones de amor al aire y espera que alguien las recoja, un vagabundo que deambula por las calles sin un rumbo determinado y se sienta en las esquinas a mendigar un poco de calor...

Ese pequeño país está completamente amurallado, por toda su frontera. Existen algunas entradas en esas murallas, pero ahí la vigilancia es extrema. Rara vez los guardias dejan entrar a los forasteros, porque no pueden pagar el precio acordado por visitar el país.
Sin embargo, esas murallas no son perfectas. Hay zonas donde están algo derruidas por el paso del tiempo y las inclemencias del clima, y los procesos de reconstrucción son lentos, por lo que durante algunos periodos de tiempo ciertas partes de la muralla ofrecen resquicios por donde alguien pueda colarse hasta lo más profundo del país. Y los habitantes de éste país adoran a los forasteros, y en seguida se encariñan con ellos y buscan su aprecio. Pero estos extranjeros casi nunca vienen a quedarse, sólo están de paso, y ni siquiera vienen a traer cosas del exterior, a aportar su grano de arena a la comunidad, sino que sólo vienen a pasearse por la ciudad y en seguida se van. Es entonces cuando los habitantes de éste curioso país se sienten mal, abandonados e incomprendidos, porque pensaban que los forasteros querrían quedarse con ellos un tiempo, quizás para siempre, y no irse en cuanto echaran un ojo a los alrededores sin siquiera pararse a conocer a las gentes.

En la capital hay una gran catedral con grandes vidrieras de colores. Su interior casi siempre está dominado por una atmósfera cargada de polvo y humo de las velas, y generalmente nunca hay fieles. Casi siempre está vacía, salvo algunas ancianas que se resisten a perder su fé, fuerte y viva como el primer día. Ellas se lamentan de que el país haya caído en semejante decadencia, y mueven la cabeza hacia los lados mientras recuerdan cómo hace años la gente se agolpaba en los cruceros, en la galería, hasta en el presbiterio. La gente tenía fé. Los largos años de guerra la robaron de sus corazones.

En los bares se pueden oir las antiguas historias, contadas por los más ancianos que hablan a menudo de tiempos mejores en que las gentes eran felices, la economía estaba saneada y todo el país funcionaba a la perfección, con perfecta coordinación. A más de uno le asoma una lágrima recordando viejos tiempos, nostálgico.

También hay un cementerio, un poco grande para el tamaño del país, lleno de tumbas de suicidas desesperados, de amantes muertos en duelos al amanecer, de gente asesinada por la espalda, de viejos que murieron de soledad, de parejas felices que vivieron toda su vida juntos, de personas que llegaron a la muerte sin dar su brazo a torcer...

Todavía hay gente que intenta entrar en la ciudad por las puertas, que intentan convencer a los guardias de que les permitan el paso, pero últimamente han llegado avisos de ladrones y timadores en los alrededores, y se han vuelto desconfiados.
Dicen que a los que se muestran amables y sinceros, a los que ofrecen sin pedir nada a cambio, a los que llevan su corazón en la mano, a esos no les ponen demasiados problemas para cruzar las puertas. Y las gentes del país los recibirán con los brazos abiertos.

Comments:
A lo mejor los habitantes de ese bello país deberían asomarse ellos mismos por los resquicios de su muralla en lugar de quedarse esperando a que llegue alguien...
 
Quiero conocer ese país..., me dices cómo puedo llegar?

Los parajes más perdidos y remotos, a los que más cuesta llegar, son, sin duda, los más hermosos...

Besos en la boca.

Aliena
 
Apuesto a que todos esos personajes viven dentro de tus ojos, entre tu piel, hierven en tu sangre, tienen tu olor, tu sabor, y toda tu esencia...

Cuída ese país. Mímalo cada día.

Besos.

Laura.
 
This is very interesting site... » »
 
Publicar un comentario

<< Home